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Espacio de Marian

Marian Castillo-Vásquez

"El testimonio de las mujeres es ver lo de fuera desde dentro. Si hay una característica que pueda diferenciar el discurso de la mujer, es ese encuadre". Carmen Martín Gaite
May 19

Hoy hay martes

Ya les he hablado del día del mercado en Plasencia. Se celebra cada martes en la Plaza Mayor y es tan antiguo y tan importante para la comarca que la gran fiesta anual de esta ciudad es el Martes Mayor que se festeja a principios de agosto.

 Ir al mercado es un gusto para los sentidos, los vendedores colocan sus puestos y los llenan de frutas y verduras de colores, la variedad de los productos está marcada por la época. Son verduras de invierno los brócolis, coliflores, acelgas, en otoño aparecen las distintas setas y la primera señal de primavera la marca la aparición de los espárragos. Ahora, ya cerca del verano, comienzan a ofrecer todo tipo de frutas, especialmente las cerezas, que llenan cajas y cajas en el mercado. Las cerezas del valle del Jerte son famosas en el mundo entero y se venden en al menos doce países.

Actualmente los mercados que se hacen en las plazas no tienen, por supuesto las gallinas vivas, ni los corderos, pues se han vuelto asépticos (dentro de lo que se puede) adaptándose a las tendencias actuales, sin embargo algo de esa herencia de mercado medieval, lugar de encuentro, negocio -y regodeo cinematográfico- revive cada vez que pasas por sus estrechos pasillos entre una y otra fila de comerciantes. Me encanta ir al mercado, aunque no soy compradora habitual (aun caraqueña acostumbrada a los supermercados), por las sensaciones, los colores, los sonidos, los olores y las llamadas de los vendedores ofreciéndote el género: “¿Quiere un cacho queso?” grita un hombre desde un camión lleno de Tortas del Casar mientras que al lado los vendedores del Tío Picho ofrecen una atractiva variedad de mieles.

 Hay un puesto en el mercado donde venden los cencerros para el ganado, se trata de un señor que lleva años extendiendo su manta en una esquina, allí coloca docenas de cencerros de distintos tamaños, nunca he visto a nadie comprando uno pero ahí están, pequeñitos como para una oveja chiquita, enormes como para un toro bravo. En el cobre de las campanas se pueden ver los pequeños martillazos que le dieron forma; los cencerros son toscos, pero hermosos y allí acostados parecen una estampa del pasado que nadie se preocupa por ver. Otra cosa que me encanta es la cantidad de gente que va al mercado, pese a los cómodos supermercados y las tiendas de congelados. Dicen que muchos ya no van a comprar sino por costumbre, cerca del mediodía la cañita y la tapa son obligatorias y los vendedores vociferan para tratar de agotar la mercancía. Las personas se arremolinan por toda la plaza, es el momento del encuentro de muchos que viven en pueblos cercanos. En la salida de la calle Talavera hay gente reunida, especialmente en invierno, creo que porque a esa hora hay más sol por esa esquina, o quizás sea por la cercanía de un bar donde venden un vino de pitarra, que hay que ser experto o estar muy contento para poder tomarlo. Están todos de pie y detrás de ellos bajo los soportales de la plaza sigue extendida la manta con los cencerros esperando la hora de partida.

 Los martes el bullicio se mete por toda la ciudad, es una breve y ritual fiesta, aunque la rutina continúa. La gente dice “voy a llevar a mi madre al martes” (y al principio me imaginaba a alguien arrastrando a su madre a través del fin de semana, pasando por el lunes hasta llegar a este día). Esta mañana cuando dejamos a Sebastián en el colegio fuimos caminando hasta la plaza como cada mañana, de camino el tráfico era intenso, las paredes y calles aún estaban húmedas por el chaparrón de ayer, se me ocurrió decir “¡cuántos coches!” y entonces una amiga me lo recordó rápidamente “es que… hoy hay martes”.

 Nota: al cierre de este post mi hijo mayor me ha informado que según su criterio las fiestas más importantes de Plasencia son sus ferias, y tiene tantas ganas de ir que añade el tiempo que falta para ese acontecimiento: 16 días, 5 horas y 40 minutos.

April 18

Sebastián cumplió ocho años

Sebastián cumplió años y en esta familia hubo Fiestas Patronales, pues el niño se las ingenió para pasarse una semana entera disfrutando. Como su cumpleaños fue el día 8 de abril y estábamos en plena Semana Santa, decidimos que la fiesta se la haríamos el jueves 16 y así podrían venir sus amigos del colegio. Entre un día y otro, por supuesto, hubo regalos, una ida al parque Warner de Madrid, una comida en Mc Donalds, una salida al cine, varios alquileres de películas y así varias actividades con la excusa de que estábamos “celebrando el cumpleaños”. Por fin llegó el día 16, el de la traca final. Sebastián tiene muy buenos compañeros de clase, es un grupo estupendo y sólo espero que sigan siendo amigos cuando crezcan, pueden ver en las fotos lo bien que se lo pasaron. Me apuro en publicar las imágenes porque sé que las madrinas, abuelas y tías del niño tienen muchas ganas de verlas. (No se pierdan las poses de los chamos son divertidísimas). Cariños.

March 27

Febrero, marzo y un montón de fotos

Febrero empezó lluvioso y frío, y sin embargo como a mitad de mes las cosas cambiaron, comenzó la primavera antes de tiempo y hubo una explosión de sol y colorido, así que desde ese momento decidimos - o no decidimos, la primavera es así - no parar en casa. Esto no quiere decir que hayamos hecho viajes largos o preparados, sino cosas imprevistas y divertidas, como salir en las tardes a recoger espárragos por el campo cercano o ir a merendar las sobras del cumpleaños de Marta a orillas del río Tiétar. Como saben el campo está muy cerca, que las ovejas aún paseen a dos cuadras de nuestra casa es una cosa que me asombra y me encanta, aunque a veces necesito ir a una gran ciudad para darme un baño de agobio, lo confieso.

Hoy voy a publicar las fotos de estas últimas semanas, algunos eventos no han sido cubiertos, pues Andy debe tomar tantas fotos a diario que cuando tiene un rato libre no quiere cargar con la cámara, como es lógico. Sin embargo, tienen para un rato, las fotos buenas son de Andy, las otras son mías porque además están tomadas con mi camarita vieja, tecnología que no ayuda.

Las primeras corresponden a un sábado en el que pensábamos ir a Trujillo, pero apenas nos montamos en el carro Andrés dijo que tenía un cumpleaños esa tarde, así que casi teníamos que volver antes de salir. Llegamos sólo hasta Monfragüe, un sitio que cada vez me gusta más, y en esta ocasión sí subimos los 145 escalones que hay hasta el castillo y la ermita de Nuestra Señora de Monfragüe o Montegaudio (y Sissy, me acordé de ti, por supuesto). Está en lo alto de una montaña en cuyas paredes hay cuevas con pinturas rupestres y enterramientos decorados. Es una zona deshabitada ahora porque pertenece al parque nacional, a orillas del río Tajo, ahí vivieron los vetones que lucharon contra los romanos, después fue sitio estratégico para los árabes quienes construyeron este castillo, hasta que llegó Alfonso VIII y además de fundar Plasencia los echó de allí. Los cruzados lo tuvieron como sede de su Orden de Monsfrag y ellos fueron los que trajeron desde Jerusalén en el siglo XII la talla de madera bizantina de la Virgen que está en la ermita, un sitio al que van a casarse muchas novias de Plasencia, a las que admiro por subir y bajar con tacones la empinada y desigual escalera de piedra.

Otra serie de fotos pertenece al día de la merienda en Abadía -¿se acuerdan de aquel paseo de verano? – pues fue un sábado que amaneció precioso y pensábamos que el buen tiempo nos acompañaría todo el día, Andy tenía que trabajar, así que me fui con Sebastián y los Pérez Estévez hasta allí; Manoli, la mamá de Marta también nos acompañó y durante el viaje Marta y yo nos dedicamos a decirle que cómo se le había ocurrido llevar un abrigo tan grueso, que iba a pasar mucho calor, pero como siempre la sabiduría de Manoli le ganó a nuestras predicciones, aunque pasamos una tarde fantástica y los niños gozaron de lo lindo, tuvimos que mantenernos en marcha constante pues la temperatura era la prueba de que aún estábamos en invierno. En el fondo de una de las fotos podrán ver las montañas nevadas, que aún lo están, por cierto.

Otras fotos son de una tarde de espárragos con varios amigos, aparecen vacas y los niños en una fuente y hay una foto en la que se ve Plasencia a lo lejos. La pongo porque aunque es en las afueras de la ciudad, pueden ver “a lo lejos” lo cerca que queda el campo. Ese día fuimos a la antigua carretera que llevaba a Salamanca y, como la cerraron para hacer la autovía, es un maravilloso sitio de paseo. Los niños llevaron las bicicletas y se dieron gustazo, después la búsqueda de espárragos en la que yo soy la peor, pues aún confundo la planta. La cosecha fue buena y la cena, exquisita.

Después verán un grupo de fotos que corresponden por fin a un paseo a Trujillo, justamente el día que se celebraba un mercado medieval, además de lo mucho que nos gustó el pueblo, pues parece mágico, sacado de un cuento de hadas, princesas y príncipes, disfrutamos con los puestos del mercado y las actividades de calle que hay en estos eventos. Vimos también la casa del fundador de la ciudad de Trujillo en Venezuela, al que dedican una placa en una hermosa esquina. Diego Ibarra de Paredes era hijo del llamado Sansón de Extremadura, un héroe entre histórico y mítico, del que se supo mucho en el Siglo de Oro español, y del que entre otras cosas cuentan que estuvo tres días resistiendo el acoso enemigo el solito en un castillo. Fiel súbdito de los Reyes Católicos, las malas lenguas de la época decían que era judío converso. Quizás por todo eso, o por ambición o porque aquí tan lejos del mar, dan ganas de irse al mar, fue por lo que el hijo del mismo nombre se fue en un barco a América y después salió desde El Tocuyo, en ese entonces capital de nuestro país, para fundar Trujillo “la ciudad portátil”, la que movieron once veces de sitio. A Diego García de Paredes (hijo) se le ocurrió volver a España “a pedir cacao” y como premio volvieron a mandarlo a América, pero el trujillano antes de llegar a Popayán, ciudad de la que había sido nombrado gobernador, se le ocurrió saludar a un amigo por la zona de Catia, donde los españoles estaban “amansando” a los Caracas. Estos últimos ofrecieron señales de hospitalidad y Diego García y otros cinco bajaron del barco y se sentaron con los indios en el bohío a disfrutar, los indios aprovecharon y acabaron con ellos. Los del barco se fueron, no pudieron hacer nada sino contar la historia. Destaca en el Trujillo extremeño la estatua de Pizarro, quien a lo mejor era chiquito, cabezón y le salían pelos por las orejas, pero montado en ese caballo, con un gorro de cuernos, a caballo, en lo alto de la plaza, impone mucho.

Otro grupo de fotos corresponde a una noche por Plasencia, pues se celebraba un concurso de tunas. Verán a Sebastián con sus amigos sentados a la puerta de la catedral, esperando a los tunos que paseaban por toda la ciudad con sus capas y canciones. Precioso y pintoresco, aunque no pudimos terminar de ver a todos los grupos, pues nos habíamos arriesgado a salir con una chaqueta fina y a las doce de la noche nos moríamos de frío, así que vinimos a casa caminando y en una de las calles por las que pasamos vimos a los miembros de una cofradía ensayando con uno de los pasos de Semana Santa, ahí está la foto como prueba.

Las últimas imágenes corresponden al domingo, en el Valle del Jerte. Estamos en la fiesta del cerezo en flor y Plasencia rebosa turistas, el ambiente en la ciudad es festivo, el sábado pasado salimos en la noche y vimos el gentío paseando y disfrutando por la ciudad. Los placentinos dicen que a los madrileños les encanta Plasencia, porque tardan más en ir a su trabajo que en venir aquí. Los cerezos en flor son un espectáculo para los sentidos, y como la floración dura muy pocos días, todo el mundo se concentra aquí en apenas una semana. La gente de los pueblos del valle hace su agosto en febrero vendiendo arbolitos que se llevan los turistas con la esperanza de tener cerezas en sus jardines, pero dicen que ninguno se da, no sólo porque les falta el clima del valle, sino porque los cerezos tienen que estar “rodeados de otros cerezos” e injertados (truco que los pobres turistas desconocen). Las vistas son maravillosas, las montañas de laderas blancas y el río dominando el paisaje. Lo mejor de todo es que el valle queda aquí, justo al lado, apenas sales por la puerta de Plasencia comienza el valle del Jerte y ahora estamos en plena fiesta.

Aprovecho para publicar también varias fotos sueltas, que comento en cada una. Ahora viene Semana Santa, cumpleaños de Sebastián y más primavera, seguiré contándoles cosas. Un abrazo a todos.

February 11

Enero, la ciudad verde y mi cumpleaños

Sé que muchos se han acordado de nosotros en estas semanas, no sólo por mi cumpleaños (los que se acordaron, los demás… ya hablaremos) sino porque el invierno en toda Europa ha sido durísimo. Plasencia es una ciudad privilegiada en ese sentido, es decir no hemos tenido que levantarnos una hora antes para apalear nieve delante de la puerta de la casa, pero frío es frío y mucho más cuando se tiene sangre tropical, cosa que parece que sólo tengo yo en esta casa, pues soy la única que se queja de la temperatura.

Sin embargo, aunque una vez dije que al frío nunca nos podremos acostumbrar, como siempre debo bajar la cabeza ante el dicho de mi mamá (la lengua es el castigo del cuerpo) porque hace poco me descubrí acalorada, casi sudando, ante un termómetro de la calle que marcaba 10 grados, así que poco a poco a todo nos acostumbramos.

La nieve de las montañas cercanas es un privilegio de postal y los cielos de invierno son amplios y limpios cuando no llueve, porque cuando llueve nada mejor que ver el invierno al lado de la calefacción tomando un té caliente. La lluvia aquí es tan diferente a la nuestra, es de gotas mínimas y finas, y cuando cae aguanieve, las gotas flotan en el aire y se puede ver claramente hacia donde las lleva el viento. Cuando llueve -y ha llovido muchísimo este invierno- puede estar lloviendo cuatro días seguidos y no se ve el sol, la vida de la ciudad no se detiene y todos acuden a los paraguas sin prestar atención. Es tan distinto a los palos de agua, a nuestros aguaceros, esos que paralizan las ciudades, que apuñalan los paraguas, no perdonan zapatos, calles, alcantarillas ni aceras. Recuerdo cuando veía llover en Colinas de Bello Monte, desde mi casa se veía bajar el agua por la calle exactamente igual a un enorme río que hacía olas cuando se encontraba con palos o escombros, y que se convertía en catarata cuando se abría paso por los montes cercanos. Aguaceros descomunales que duraban quizás una hora y luego daban paso a un sol radiante y caluroso.

¿Recuerdan que dicen que los inviernos son grises? Pues este no es gris, es verde, muy verde, verde moho, verde musgo, la ciudad está verde y se ve bonita. Las piedras de las murallas y las paredes de las iglesias dibujan mapas verdes y marrones, y las enormes piedras de los berrocales están completamente cubiertas de musgo, preciosas. La enorme diferencia entre la vegetación del trópico y la de aquí se comprueba una vez más cuando llueve. Los montes cercanos a nuestra casa se han cubierto de una hermosa capa de hierba verde claro que no pasa de la suela de nuestros zapatos, las plantas salvajes más atrevidas son las esparragueras, que crecen en esta época y todos nos ocupamos de podarlas sacándoles los espárragos para ponerlos en una sartén con aceite de oliva y ajo. Caminar por el campo en esta época es muy bonito, a no ser que haga mucho frío o te agarre una ráfaga de viento helado del norte.

Mi cumpleaños cayó jueves así que tuve una buena excusa para disfrutar un largo fin de semana. El viernes vinieron a casa unos amigos, nos reímos y disfrutamos mucho. Aprovechamos para compartir el cumpleaños de dos de mis amigas, que acuarianas como yo, cumplían por las mismas fechas. Aquí les pongo unas fotos.

Por lo demás la rutina ha vuelto a ser rutina, mi mamá ya está en Venezuela, preparada como todos para votar, y aquí seguimos con el trabajo y los estudios. Los chicos grandotes deseando el buen tiempo y yo contando las semanas a ver si empieza la primavera.

Pocas cosas nuevas o sorprendentes han ocurrido en esta ciudad, aunque el viernes pasado abrí el periódico y ahí estaba a un cuarto de página una noticia que quiero comentarles, se trata de la muerte de Agustín, un mendigo emblema de la ciudad. Todos conocíamos a Agustín ¡hasta yo! Era un mendigo frecuente de la Plaza Mayor, en verano alguna vez se acercó a nosotros cuando tomábamos algo en las mesas de la plaza, parecía un ancianito desprotegido, y ya conocíamos su nombre de tanto escuchárselo decir a la gente. La primera vez que lo vi, acabábamos de llegar, hace más de año y medio, y me llamó la atención porque abordó a una señora muy arreglada que bajaba por la calle Talavera, ella sacó su cartera con tranquilidad, le dio unas monedas y le dijo cariñosamente “a ver si te das una ducha, hombre” y él respondió “es cierto, mira cómo me he puesto”. Aquello me pareció una parodia, una escena de película antigua, algo surrealista y hasta enternecedora. Después me enteré de que Agustín era un drogadicto, reacio a cualquier norma, especialmente las impuestas por los albergues. Cada mañana aparecía por un bar de la plaza y allí le regalaban un churro y un café con leche. Después se la pasaba pidiendo por las calles del centro, era pacífico, uno más del paisaje urbano, cuando alguien no le daba nada decía “otra vez será…” y se iba sin protesta ni rencores. No lo había vuelto a ver en los últimos meses, hasta que leí la noticia en el periódico, fue el comentario del día y hasta organizaron una misa en su nombre. Murió en la madrugada, cobijado menos mal, bajo el techo que un vecino le prestaba para pasar el invierno. Tenía apenas 49 años. Otra vez será…

Hasta pronto.

December 27

Navidad con amigos

Hoy es sábado 27 de diciembre, ha amanecido tarde y lloviendo; Andy ha salido a tomar unas fotos y los demás están repartidos por ahí disfrutando de un día diseñado como para estar en casa. Hace un montón de tiempo que no les escribo así, en general, porque he mantenido correspondencia (virtual por supuesto) con muchos de ustedes y eso me ha dado la excusa perfecta para postergar esta entrega. A los que no he escrito en particular y comienzan a reclamar, les comento que este corto otoño ha sido agitado y como siempre el tiempo no ha dado tregua para un respiro. Sebas tuvo escarlatina, algo que suena a comiquita y que existe, el malestar le duró poco, menos mal, pero fue una semana de susto inicial y de poca producción.

Mi mamá llegó el día 12 de diciembre, con regalos, recetas de pan de jamón y masa para cachapas, estará con nosotros hasta febrero, así que estamos muy contentos. Tanto Andrés como Sebastián sacaron muy buenas notas en el colegio, especialmente Andrés que destaca con cuatro sobresalientes y cuatro notables, en vista de eso, el Niño Jesús vino cargado de regalos que los mantendrán entretenidos al menos hasta que empiecen de nuevo las clases.

Hoy voy a publicar las fotos del sábado pasado cuando fuimos con unos amigos a la nieve, concretamente a un sitio en la montaña que llaman “el calvitero” o “la primera plataforma” más arriba de Candelario, un pueblo de la sierra de Béjar  del que he publicado fotos en otras ocasiones. Ese sábado fue justo lo contrario del día de hoy, parecía primavera y aunque fuimos todos preparadísimos para la nieve (nos pusimos encima todo lo abrigado) allí hasta pasamos calor. Fuimos con varios y buenos amigos, tres familias cargados con nuestros respectivos hijos: tres de siete años, dos de cuatro años y Andrés que era el director de todos. Primero nos lanzamos en trineo, y los que no nos lanzamos patinamos sobre la nieve en todo el recorrido, de ida y de vuelta y sin llevar patines, es decir, que aquello resbalaba de lo lindo, especialmente para los que no tenemos experiencia ni zapatos adecuados. Después a todos se nos salió el niño que llevamos dentro y nos empeñamos en hacer un muñeco de nieve, cosa que parece fácil porque siempre lo hemos visto en los dibujos ya hecho, pero hacerlo con la nieve helada (por supuesto) y que moja es otra cosa, así que en vez de un muñeco como un ocho, parecía una i con orejas, ya lo podrán ver y los que posamos con el muñeco tenemos los ojos cerrados y las arrugas acentuadas debido al sol que deslumbraba de frente. Después de apalear nieve para el muñeco y resbalar varias veces nos encerramos en un restaurante a reponernos de la jornada, pero apenas terminamos volvimos para una guerra de bolas de nieve, a mí me pegaron todas las que me lanzaron, por supuesto, pues si se me ocurría salir corriendo resbalaba por toda la ladera, mi mamá destacó por su puntería, tantos años arrimada al béisbol en Maracay han dado fruto, y todos terminamos empapados y listos para volver a cambiarnos el atuendo e irnos, pues ya en la tarde sí bajó la niebla y con ella el frío.

Regresamos a Plasencia por una carretera hermosa, con todos los bordes nevados y con unos bosques de pinos maravillosos, oscuros y silenciosos. Hicimos una parada en Candelario, para mostrarle el pueblo a mi mamá. Es un pueblo de piedra, con puertas y ventanas de maderas gruesas y calles estrechas, por las que corren los regatos: unos canales hechos en piedra por donde baja sonora el agua de los deshielos. Los niños jugaron futbol, los padres los vigilaban mientras arreglaban el mundo y nosotras caminábamos por esas preciosas calles. Llegamos ya de noche a casa, y con ganas de volver muy pronto a la nieve.

El 24 cenamos en casa de Marta, una deliciosa cena con espíritu navideño, pues varias nacionalidades nos reunimos allí para compartir buenos momentos. Había pan de jamón, vino, una zarzuela de mariscos deliciosa, música y alegría ¿qué más se puede pedir? Pues pediremos que el año que viene sea bueno para todos, salud, felicidad, amor, paz. Y pediremos reencuentros y alegrías, ojalá que el 2009 traiga todas estas cosas buenas. Un abrazo.

 
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